Como algunas partes del cuerpo, hay emociones que no nos gusta mostrar públicamente porque sabemos que están mal vistas . Sin embargo por ello no dejan de estar ahí y de ejercer su función.

Ahí está la envidia: cuando criticamos con fervor a alguien , muchas veces nos encontramos ante un reflejo de lo que nos gustaría ser o tener y ( creemos)  que no hemos alcanzado. Sentimos que si las cosas le salieran mal a esa persona , en el fondo nos alegraríamos un poquito porque  sentiríamos menos inferiores, nuestras carencias son ahora las que pasarían a un segundo plano.envidia

¿Por qué  a pesar de que otros  se dan cuenta a nosotros/as  mismos/as nos cuesta tanto reconocer que sentimos envidia ( y no vale lo de la envidia “sana”, que al final es lo mismo)? ¿Lo tenemos asociado a actitudes patéticas o a malas personas? Hemos aprendido tan  bien lo que debemos sentir y no lo que no que ya ni ante nosotros/as mismos/as reconocemos nuestros propios sentimientos.

Personalmente me parece  curioso que mientras la sociedad actual nos conduce a competir y por tanto a compararnos y a medir nuestra valía en relación a la que vemos en  los demás,   por otro lado los valores morales de esa misma sociedad nos empujan a rechazar  estos sentimientos : porque está mal, porque no debemos sentir la envidia cochina, sucia, perversa.

Al final,la envidia, como las demás emociones ( la vergüenza, el deseo, la ira, …)  no son buenas ni malas, ninguna. Realmente son pilotos, señales de algo: de nuestras inseguridades, complejos, miedos o necesidades , que todos/as las tenemos. Podemos aprender de ellas y utilizarlas a nuestro favor, para mejorar y para conocernos mejor . Pero ante todo nos conviene  reconocerlas y aceptarlas , ante nosotros y ante los demás, sin miedo a que nos juzguen o a juzgarnos nosotros mismos/as.