Discusiones estériles

Por ada el 01 octubre 2013 en Psicología | Reflexiones | Salud | Sin categoría | Sociedad

 

Un día alguien me narraba con mucha intensidad cuánto le irritaban las opiniones de un compañero de trabajo y lo inútil de sus intentos para intentar hacerle ver las cosas de otra manera, (es decir a «su» manera).

Cuanto más pasaba el tiempo, más aumentaba el malestar entre ellos y antes llegaban a niveles visibles de enfado. Como una pelota que se lanza contra un muro y rebota con más fuerza.Squash-racquet-and-ball

Después de mucho escuchar sus quejas , sin tomar partido por lo que pudiera ocurrir, le pregunto : ¿qué prefieres: tener la razón o ser feliz? Pensamos que las dos cosas siempre pueden ir juntas, pero no es así.

Todas las personas tenemos una tendencia a pensar  que somos nosotros/as los/as que tenemos razón y que estamos  en posesión de la verdad. Por eso hablamos en términos tajantes ( El cine americano es…) en lugar de empezar frases en primera persona ( a mí me gusta/no me gusta el cine americano) Si nadie está  dispuesto a escuchar y a  flexibilizar alguno de sus  argumentos o dar cabida a alguno de los de la otra persona,¿ cómo vamos a llegar a un acuerdo? la discusión puede prolongarse hasta el infinito  y más allá .

Las cosas como son: la realidad no puede juzgarse en términos absolutos. De hecho no existe una realidad , sino la realidad de cada persona, construida a partir de sus experiencias, educación, valores,… y en la que cada uno/a se apoya para moverse por el mundo. Si recordamos esto de vez en cuando, nos puede resultar menos duro entender de dónde procede la opinión de otra persona o   por qué piensa así, incluso puede que aprendamos algo.

Y si esto se nos resiste ,otra opción llegado este punto es aceptar el desacuerdo, respetar el punto de vista ajeno  y pasar a otra cosa. El enfado como consecuencia por ejemplo de la obstinación sólo consigue desgastar nuestro organismo, y es que un solo pensamiento negativo puede producir hasta seis horas de daño en el cuerpo. ¿Realmente vale la pena?

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